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La Internet (antillana) del futuro

Una proyección hasta el 2050 de la Internet que podría persistir en la América insular

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La región de las Antillas es un espacio sumamente diverso y desigual en identidades culturales y capacidades sociotécnicas, respectivamente. Estas diferencias se hallan atravesadas, no obstante, por la condición de insularidad y las amenazas que padece bajo la influencia del calentamiento global en el ascenso del nivel del mar. Esta realidad imperativa traza desafíos considerables y, tecnológicamente, exige una resolución de nuevas (y viejas) capacidades que permitan preservar sus sociedades en nuevos escenarios.

Internet, como espacio tanto de comunicación como de desarrollo, habrá de ajustarse a circunstancias más precarizadas y específicas, puesto que gran parte de los proyectos y herramientas existentes se fundamentan en condiciones materiales y culturales (e incluso existenciales) significativamente distintas. No basta estar hiperconectados mediante cables submarinos si las tecnologías a nuestro alcance son insuficientes, innecesarias o hasta imprudentes. Debe ser óptimo expandir un área singular donde se piense, cuestione y produzca tecnologías propias de nuestra región.

A saber, señales actuales del desarrollo técnico indican: mayor explotación de tecnologías muy consumidoras de energía; expansión de redes corporativas con modelos extractivistas y depredadores del medio ambiente y social; expansión de modelos de gobierno digitales distorsionados e inseguros, deliberadamente comprometidos con el Capital e intereses oligárquicos, y escasamente eficaces con la lucha contra el cambio climático; asimismo detonación de un colapso ambiental que someterá a los pueblos empobrecidos a reajustes socioeconómicos con un alto impacto en la comunicación y soberanía digital.

Tales posibilidades requieren la imaginación de un movimiento que se circunscriba a las necesidades imperiosas de nuestras pequeñas poblaciones, abogando por un antillanismo digital que se apropie de los valores y herramientas de los movimientos de cultura y software libre, pero que impulse prácticas y estrategias propias (desobediencia tecnológica, permacomputación, etc.). De lo contrario, es muy probable sucumbir a un colapso ambiental, técnico y social, y entonces toda nuestra participación se fragmentará en una diáspora precarizada y (literalmente) sin tierra.

En 2050 la Internet será muy diferente pero, por definición, puede parecerse más a lo que queramos hacer con ella. Una Internet antillana, remota pero creíblemente, es posible.

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